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Choquequirao, Cuna de Oro

Amanece en la puna. Los primeros rayos de luz de un nuevo día iluminan tímidamente los ponchos verdes de los apus que dominan esta parte de las montañas del Vilcabamba, confiriéndoles un tono cálido, casi alegre.  Son el Pumasillo, Panta, Choquetacarpo, Salkantay. Aquí, en el reino de las alturas, el viento helado barre las planicies de ichu cubiertas de escarcha y las rocas crujen hasta quebrarse. Es tiempo de esperar, de aguardar a que con la luz llegue también el calor que todas las criaturas necesitan para vivir. Las tórtolas cordilleranas lo saben y revolotean ansiosas aguardando que el hielo que cubre a las semillas del suelo se derrita y les permita alimentarse.

Las últimas estrellas aún brillan con fuerza en el poniente, mientras el zorro andino deja oír su aullido lastimero. Es julio, y aunque la estación de lluvias está todavía lejana, los campesinos saben que será un buen año para sus cosechas.

Las primeras luces de la mañana parecen librar una batalla con la espesa niebla que cubre por completo las montañas y el profundo valle que se abre a nuestros pies. Nos encontramos en la explanada principal de la ciudadela inca de Choquequirao, a poco más de 2,400 metros de altura sobre el nivel del mar, en un escenario que se torna cada vez más grandioso. A medida que pasan los minutos, la claridad del nuevo día permite adivinar los contornos de las enormes piedras en el bosque. A esta hora el silencio es casi absoluto, roto sólo por los cantos de los pichisanqas y el gotear incesante de las hojas de los árboles cercanos.

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Choquequirao es una palabra que deriva de dos voces quechas y significa "cuna de oro"

A medida que la niebla se disipa, las grandes piedras aparentemente desperdigadas van adquiriendo un alucinante diseño, un sentido: una sucesión de plazas en desnivel, recintos armoniosamente construidos siguiendo el contorno abrupto de los acantilados, terrazas que dibujan las laderas zigzagueantes de las montañas. Pero, sobre todo, la paz, el silencio y la comunión con este paisaje de ensueño que atrae cada año a cientos de miles de visitantes en busca de la magia de estas rocas y su historia milenaria. Es Choquequirao ("Choquequiraw"), la cuna de oro de los antiguos peruanos.

Cuentan que, poco después de la Conquista, la familia imperial inca disfrutó de una cómoda aunque impotente existencia en la ciudad del Cusco, observada de cerca por el dominio hispano. Algunos colaboraron abiertamente con los invasores, llegando a someterse a un soberano ficticio, impuesto por los conquistadores. Fue el caso de Paullu Inca, declarado heredero del Tawantinsuyo por el propio Diego de Almagro en 1537. Sin embargo, hubo otros que se resistieron a la naciente dominación, agrupándose bajo las órdenes de Manco Inca en las impenetrables selvas de Vilcabamba Ese puñado de bravos guerreros constituiría, más tarde, el grupo de rebeldes que asoló a las huestes hispanas a lo largo de más de siete años.

Manco, el inca rebelde, había abandonado la plaza de Ollantaytambo en julio de ese mismo año, en vista de la gran ventaja que los conquistadores del Cusco le llevaban en número y poder bélico. Inició entonces su retirada hacia las montañas. Atravesó el abra de Panticalla, a casi cinco kilómetros de altura, con el capitán Rodrigo de Orgónez pisándole los talones.

Sin embargo, el Inca había preparado con anticipación su partida. Tomando una ruta poco previsible, cruzó el río Urubamba por el puente Choquechaca y literalmente desapareció tragado por la exuberante vegetación de las montañas.

Manco tomó posesión de la ciudadela de Vitccos, ubicada muy cerca de Choquechaca, y fue atacado por los conquistadores poco antes de haber reagrupado a sus ejércitos. Sin embargo, una vez más la suerte salvó al Inca. La codicia de los invasores los llevó a detenerse en Vitccos y saquear sus riquezas, dándoles a Manco el tiempo necesario para escapar montaña adentro.

Con los meses, los conquistadores habrían de lamentar su error. Establecido en la remota cordillera de Vilcabamba, Manco Inca organizó un poderoso ejército que hostilizó a los españoles asentados en la región y que se convertiría en fuente de inspiración para millones de indígenas fieles al incario a lo largo de los Andes.

El principal asentamiento inca en la remota cordillera de Vilcabamba era, sin duda, la ciudadela de Choquequirao (palabra compuesta de dos vocablos quechuas, choque y quirao, que significan "oro en bruto" y "cuna", respectivamente). Edificada por el inca Pachacútec luego de su victoria ante los chancas, con el objeto de evitar su reagrupamiento en las selvas de Vilcabamba, es un conjunto de plazas, viviendas, recintos sagrados y depósitos o colcas, rodeados de una impresionante andenería y emplazado en la cumbre de una montaña que domina el valle del río Apurimac. Hasta el lugar llegaba también un acueducto labrado en piedra, el cual conducía el vital líquido desde las cumbres glaciares ubicadas a varias leguas de distancia cordillera arriba.

A pesar de su remota ubicación, el asentamiento se encontraba estratégicamente conectado al resto del imperio a través de una intrincada red de caminos que se internaba en las montañas de manera similar a los rayos de sol, siguiendo la dirección de los cuatro puntos cardinales o suyos. Algunos de estos caminos ha resistido la fuerza de los siglos y las inclemencias del clima, conservándose hasta nuestros días como la única vía de acceso al espectacular sitio de Choquequirao.

Pero Choquequirao no fue siempre un lugar desconocido e inexplorado. Ya en el siglo XIX su magnificencia había cautivado y atraído a algunos de los más intrépidos exploradores del Perú y del mundo. Rodeado del misterio y fascinación que le confería el hecho de ser considerada el último refugio de los incas, fue mencionada, no sin admiración, por el cronista peruano Cosme Bueno en 1768, y redescubierta por el conde de Sartiges, francés, en 1834. En los años sucesivos el lugar recibió las visitas ocasionales de estudiosos y cazadores de  fortuna. El propio Hiram Bingham, descubridor científico de Machu Picchu, la visitó en 1909, quedando cautivado con aquella extraña sensación de tocar lo inexplorado que lo llevaría, dos años después, al mayor hallazgo de su vida.

Hoy, el observar Choquequirao en pleno siglo XXI, los peruanos y el mundo entero nos asombramos una vez más con la extraordinaria habilidad de los antiguos peruanos para construir verdaderas joyas arquitectónicas en lugares donde la razón aconsejaría simplemente echar un vistazo de curiosidad; con la fascinante armonía que es capaz de alcanzar la obra del hombre cuando se erige con devoción y respeto por la naturaleza, la que era, al fin y al cabo, su divinidad más venerada.

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Aunque el reglamento de Expediciones al Camino Inca, indica que se debe realizar las reservas 5 días antes, lo más recomendable es realizar la reserva con mucha anticipación, el promedio en temporada alta indica que 90 días antes de la salida ya no hay espacio, esto debido a que solo pueden ir 500 personas por día, sólo así se podrá conservar de la erosión y la contaminación de la red vial y del Santuario de Machu Picchu. Por lo que es necesario pagar con anticipación los permisos.

El Qhapaq Ñan también conocido como El Camino Principal Andino, fue la columna vertebral del poder político y económico del Imperio Inca. La red de caminos de más de 23,000 km de largo conectaba varios centros de producción, administrativos y ceremoniales construidos en más de 2,000 años de cultura andina pre-inca.